sábado, 3 de marzo de 2007

Bertran de Born


Bertran de Born fue condenado por Dante, a residir en el Infierno, en su círculo octavo donde residen los hombres que atizan el odio y la discordia. Allí como prototipo de los poetas que tratan de la guerra, descabezado, pendiendo de su mano la cabeza, Dante nos lo presenta como un «hombre-lampara», en una escena llena de horror, en la que el que fue causa de discordia y división entre Enrique II, el rey viejo, y Enrique el hijo, aparece con la cabeza separada del cuerpo llevándola agarrada de los cabellos, mientras se lamenta. La escena se llena de patetismo cuando, para hacerse oír de los dos poetas (Dante y Virgilio), debe levantar pesadamente el brazo elevando así la cabeza cuya boca anunciará el motivo de su esperpéntica figura dividida:

Veamos que nos dice Dante en la Divina Comedia , en el canto XXVIII:

Yo vi de cierto, y parece que aún vea,
un busto sin cabeza andar lo mismo
que iban los otros del rebaño triste;
la testa trunca agarraba del pelo,
cual un farol llevándola en la mano;
y nos miraba, y «¡Ay de mí!» decía.
De sí se hacía a sí mismo lucerna,
y había dos en uno y uno en dos:
cómo es posible sabe Quien tal manda.
Cuando llegado hubo al pie del puente,
alzó el brazo con toda la cabeza,
para decir de cerca sus palabras,
que fueron: «Mira mi pena tan cruda
tú que, inspirando vas viendo a los muertos;
mira si alguna hay grande como es ésta.
Y para que de mí noticia lleves
sabrás que soy Bertrand de Born, aquel
que diera al joven rey malos consejos.
Yo hice al padre y al hijo enemistarse:
Aquitael no hizo más de Absalón
y de David con perversas punzadas:
Y como gente unida así he partido,
partido llevo mi cerebro, ¡ay triste!,
de su principio que está en este tronco.
Y en mí se cumple la contrapartida.»


Pero quien era esta figura? que Fernando Savater nos presenta a su vez como protagonista del monologo vigesimo quinto de su libro Criaturas del Aire diciendonos estas palabras: Habla Bertran de Born :
"¡Deteneos, poetas, pues creo que ambos lo sois, tanto el que ya es sombra imperecedera como el que todavía disfruta la dulce carne mortal! No me temáis: el fantasma que os habla también fue poeta y no mucho peor que los mejores. Acércate un poco más a mí o permite que me acerque, pálido visitante de nuestros horrores; veo que te estremeces y te mantienes a una recelosa distancia, aunque atento: no puedo culparte.
Mi condena es hablarte desde la cabeza cortada que mi propia mano -el espectro de lo que fue mi mano- sostiene por los cabellos como si llevase un infausto candil. Esa mano que tanto gozó con el manejo de la espada, de la ballesta y con la pluma, esa mano es el garfio del que ha de colgar por una irrevocable eternidad el despojo parlanchín que ahora te espanta. Créeme, no es que me desagrade producir temor, pues disfruté con ello en mis días, pero me duele que lo que hoy haga temblar -y hoy ya es siempre- no sea mi coraje o mi destreza con las armas, sino la miseria de la condición a la que me veo reducido. Pero valor, valor. Tenlo tú, que aún puedes esperar, y lo tendré también yo, que ni aun desesperado desespero.
Ni en el mundo de los vivos ni en el de los muertos puede valer algo más que lo que valor se llama. Del valor sacaron los latinos el nombre de la virtud y no podían encontrar etimología más certera, pues toda virtud es una forma de arrojo. Si esto es cierto, como bien creo, aquí tienes a un maldito al que la cólera de Dios hace pagar su virtud y no sus vicios: quizá mi caso no sea tan insólito como pudiera parecerte... Pero que lo que me ha perdido venga ahora asistirme y a ti tampoco te falte, para que toleres el horror de mi aspecto y escuches esta queja en la que ni disimulo mi delito ni reniego arrepentido de mi nombradía.

Ya sabes que tanto el privilegio como la condena del réprobo consisten en seguir siendo impenitente mientras dure la eternidad: ése es el infierno y también la fuerza que ayuda a soportarlo.
Os he dicho que fui poeta; no os engaño si ahora afirmo que me veis sufrir aquí por no haberme resignado a ser sólo poeta. El poeta debe correr junto al arzón del héroe como un jadeante lebrel y atrapar al vuelo las migajas de gloria que sobran en el festín de éste. No quise limitarme a ese destino de lacayo. La poesía es un complemento o un aderezo, pero no un fin en sí misma: canta al amor y sin duda lo embellece, pero lo importante es el amor y no la poesía; elogia las hazañas del guerrero, pero ni las sustituye ni las supera; da voz a pasiones y terrores que sin ella serían mudos, pero no por eso dejarían de ser y ni tan siquiera palidecerían. Pensar lo contrario, creer que Troya ardió para dar pretexto a un canto o que la belleza de Filis debe su esplendor al hecho de haber sido celebrada en hexámetros, es huera arrogancia de poetas; que tienen insolencias de criado y pretenden ser sustento de quien les sustenta. Celebrar el mundo está bien, pero es tarea secundaria y dedicarse exclusivamente a ella señala la incapacidad para lo más grande, aunque protestada, eso sí, por la vanidad.

En mis sirventesios canto la alegría del campamento que despierta en vísperas de la batalla, entre fulgor azulado de yelmos y revuelo de gallardetes, porque soy un guerrero y conozco bien el alba santa del combate: no la cambiaría por ningún puñado de voces medidas. Si no fuera capaz de acosar al jabalí, de amar la generosa dulzura de las bellas y de rendir su altivez, si no pudiera dar a mis blasones otro lustre que el que presta la lira, de nada me valdría llegar a ser el más grande poeta que los tiempos hayan conocido. Así pensé entonces, cuando mi testa todavía se erguía orgullosa sobre mis hombros, y ahora también pienso lo mismo, aunque ya no soy ni seré más que un espectro aborrecible que sólo conserva de su antigua nobleza la aptitud para despertar temor antes que lástima.

Para el varón distinguido y que busca distinguirse, no hay empresa cuya tentación supere a la de la política ni vértigo más feliz que la guerra. Esos fueron los juegos de mi vida, los que mejor cuadraban a alguien de mi astucia y coraje. Una vez escribí que más grato que comer o dormir es galopar con la espada en la mano, mientras oímos gritar "¡a ellos!" desde izquierda y derecha. Pero no olvido la dicha sigilosa de las celadas, el engañó de una alianza que no se respeta y vuelve sus garras contra quien en ella se sentía seguro, la estocada implacable de la intriga. ¿Vileza? No hay vileza sino para el vil. Cuando el juego es intenso y fuerte, sólo denuncia las trampas quien no es capaz de percibir en el momento justo las modificaciones que las reglas sufren a cada instante ni de imponer en su provecho tales alteraciones.

Fui más hábil que otros, pero no más traicionero. ¡Y qué rivales tuve! Raimundo de Tolosa, Alfonso de Aragón, Enrique de Inglaterra, mi propio hermano Constantino, al que disputé y finalmente gané el señorío de Altaforte... De Ricardo Corazón de León fui primero enemigo y más tarde aliado: era un caballero galante y con excesivo gusto por lo misterioso, infección que debía venirle de su trato con los templarios; de todos mis contendientes, fue el único que apreció más mis versos que la finura despiadada de mi estrategia. Cada uno de esos nobles señores hubiera bastado como enemigo a cualquier gran rey; pero el dueño de Altaforte los mantuvo a raya a todos, ganándoles partida tras partida. Quizá fui de los últimos que pudo permitirse el lujo de sostener este tipo de retos.

Los reyes van devorando los señorios, por afiliación o doblegamiento; las piezas del juego político serán naciones y no ya apellidos ilustres sostenidos por el esfuerzo de algún brazo privilegiado y un cerebro sutil. Los hombres pierden su libertad, quizá porque ya no la merecen; desean ser protegidos porque no se sienten seguros de su audacia. En cualquier caso, ¿qué puede esto importarme a mí? Si el temor os lo permitiese, debériais sonreír ante la paradoja de un alma que ya se sufre eterna y empero no renuncia a deplorar el curso de la historia... ¿Mi pecado, entonces...? Confiar en la juventud y el honor valeroso para acabar con el extranjero invasor que pretendía sojuzgarme.

Yo alenté contra Enrique de Inglaterra a su propio hijo, el llamado Joven Rey. Serví de este modo a un espejo de auténticos caballeros y a una visión cuerda de mis intereses políticos, pero pequé. Cuando el Joven Rey murió, no dudé que eso anunciaba sin lugar a discusión el final de mi carrera, aunque fue más mi dolor por su desaparición que por la inminencia de mi ocaso. El elogio fúnebre que le dediqué no es fruto del artificio retórico, sino de la admiración y la amistad, pero aun entonces comprobé cuánto más pálido es el producto poético que la pasión cuyo canto realiza. Y sin embargo, esos versos son lo que perdura de nosotros. Los versos y mi pecado. Sembrar la discordia: ése es el título oficial de mi delito. Por sembrar la discordia, el Dios de Caín y Abel, el que lanzó las plagas contra los egipcios para beneficiar al pueblo de Moisés y dijo que no venía al mundo a conciliar sino a enfrentar al hermano con la hermana y al hijo contra su padre, el Dios justo y potente que reconoce a los suyos y persigue a los impíos, me ha decapitado para siempre. Le reconozco un gusto atroz por la metáfora. Mira y pasa, poeta cuya hora definitiva todavía no se ha cumplido."


Reseñándolo brevemente, diremos que Bertran de Born,(1140 - 1225) fue un condotiero y caballero feudal, a la vez que trovador provenzal y poeta, amante y cantor apasionado de la guerra, actor inescrupuloso de las intrigas propias de la política de la época, actividades que ejerció con entusiasmo y pasión. Sus serventesios políticos lo colocan entre los más grandes poetas de su género, acabó sus días en el monasterio de la Abadia de Dalon.
Aunque Dante lo condena al infierno, su mención en la Divina Comedia le abrió la puerta a la inmortalidad mientras el inmenso Ezra Pound lo rescato de nuevo del olvido dedicándole su poema Sestina Altaforte, cuya traducción pondremos a continuación como punto final de estas sandeces.

SESTINA:ALTAFORTE

"Loquitur (l): En (2) Bertrán de Born. Dante Alighieri colocó a este hombre en el Infierno porque era un provocador. ¡Eccovi! (3) ¡Juzgadlo! ¿Lo he expulsado de su tumba? La escena transcurre en su castillo de Altaforte. "Papiol" es su juglar. "El Leopardo" es el estandarte de Ricardo Corazón de León."
I
¡Maldita sea! Todo nuestro sur hiede a paz.
Tú, Papiol, hijo de puta, acércate! ¡Quiero música!
No hay vida para mí si las espadas no chocan.
Pero ¡ah!, cuando veo los estandartes de oro, vero y púrpura combatiendo,
y los vastos campos bajo ellos tornarse carmesí,
entonces aúllo, con mi corazón enloquecido de júbilo.

II
En el tórrido verano voy ardiendo de júbilo
cuando las tormentas devastan la tierra y su estúpida paz;
y cuando los relámpagos, en el cielo sombrío, fulguran carmesí
mientras los truenos con furia me rugen su música
y los vientos ululan a través de las nubes, combatiendo,
y a través de todas las hendiduras del cielo resuenan las espadas de Dios cuando chocan.

III
¡Quiera el infierno que escuchemos otra vez las espadas cuando chocan!
¡Y los estridentes relinchos de los corceles en la batalla, su júbilo,
pecho contra pecho, combatiendo!
¡Es mejor una hora de lucha que todo un año de paz
con opulentos festines, alcahuetas, vino y delicada música!
¡Bah! No hay mejor vino que la sangre carmesí.

IV
Amo el ascenso del sol, bañado en sangre carmesí
Contemplar cada uno de sus rayos, cual lanzas que atravesando la oscuridad chocan.
¡Oh! Mi corazón se llena de júbilo
y mi boca se colma de veloz música
cuando lo veo desafiar y despreciar la paz
y salir al paso de las sombras, con su sola fuerza, combatiendo.

V
El hombre que teme luchar y se agazapa, no combatiendo
al oír mi llamado a la guerra, no tiene sangre carmesí;
Sólo sabe pudrirse en su lánguida paz,
lejos de donde impera el valor y las espadas chocan
¡Oh! La muerte de esos perros es mi júbilo,
sí, yo que lleno todo el aire con mi música.

VI
!Papiol, Papiol! ¡A la música!
No hay sonido comparable al de las espadas combatiendo;
Ni aullido semejante al fragor de la batalla, mi gran júbilo,
cuando nuestros codos y espadas chorrean carmesí
y cuando nuestras huestes, enfrentando la embestida de "El Leopardo", chocan.
¡Que Dios maldiga para siempre a todo aquel que grite paz!

VII
¡Y que la música de las espadas los vuelva carmesí!
¡Quiera el infierno que escuchemos otra vez el clamor de las espadas cuando chocan!
¡Que el infierno oscurezca para siempre la idea de la paz!

(Traducción: Armando Roa Vial. Notas: 1)Del latín: "Habla". 2)Del Provenzal: "Señor". 3)Del italiano: "¡Aqui teneis!")

Pd: Bajar Divina Comedia Gratis

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